En los últimos días, los muros de LinkedIn se han llenado de relatos personales de profesionales de UX que, hasta hace poco, formaban parte de Mercado Libre. Historias escritas con una mezcla de orgullo, desconcierto y duelo profesional. No son publicaciones airadas ni panfletarias; son testimonios sobrios de quienes construyeron productos, flujos, textos y experiencias que hoy millones de usuarios siguen utilizando, aunque ellos ya no estén allí.
El episodio —119 despidos en América Latina, 32 de ellos en Argentina— fue confirmado por la propia compañía como parte de una reestructuración de los equipos de Experiencia de Usuario, orientada a integrar Diseño y Contenidos y a “aprovechar la tecnología” para lograr estructuras más ágiles. En el discurso corporativo, el movimiento no altera la estrategia de crecimiento y convive con la creación de decenas de miles de puestos en la región. En el plano humano, sin embargo, el impacto se percibe de otra forma.
“Entrenamos a la IA que nos reemplazó”
Lo que vuelve especialmente sensible este caso no es solo el número ni la forma —comunicaciones por Zoom, desconexión inmediata de sistemas— sino la naturaleza del trabajo que realizaban muchos de los despedidos. Varios de ellos entrenaban sistemas automatizados: revisaban conversaciones, afinaban diagnósticos, ajustaban respuestas para hacerlas más empáticas, alimentaban modelos que hoy atienden a clientes y vendedores, incluso por canales como WhatsApp. La frase que se repite en distintos testimonios —“entrenamos a la IA que nos reemplazó”— no es una consigna ideológica, sino una constatación técnica y emocional a la vez.
Un fenómeno que excede a una sola empresa
Desde una mirada estratégica, el movimiento es comprensible. La automatización de contenidos, la atención al cliente basada en IA y la consolidación de roles más “full stack” dentro de UX responden a una lógica de eficiencia que atraviesa a toda la industria tecnológica. En Estados Unidos, durante 2025, se registraron más de 50.000 despidos vinculados a procesos de automatización e inteligencia artificial; aun así, los estudios muestran que solo una fracción menor se atribuye explícitamente a la IA, siendo la mayoría parte de reestructuraciones más amplias. El trabajo digital está cambiando, y rápido.
Pero hay una dimensión que merece una reflexión más profunda. Cuando una organización de referencia en la región valida, aunque sea implícitamente, que los roles de redacción UX, entrenamiento de sistemas y gestión de contenidos son prescindibles una vez “transferido” el conocimiento al algoritmo, envía una señal poderosa al mercado. No se trata de demonizar la tecnología —la IA ya es parte estructural del diseño de experiencias— sino de preguntarse qué tipo de contrato psicológico se construye con los equipos que hacen posible esa transición.
El diseño de experiencia siempre fue más que interfaces y textos. Es criterio, ética, contexto cultural, sensibilidad frente al error y capacidad de anticipar fricciones humanas. La paradoja es que cuanto más automatizado está lo operativo, más valor estratégico debería tener esa capa humana. Algunos especialistas sostienen que el rol del diseñador UX no desaparece, sino que se desplaza hacia decisiones más emocionales, estratégicas y responsables. El caso de Mercado Libre muestra que ese tránsito no es lineal ni indoloro.
Quizá por eso LinkedIn se convirtió estos días en un espacio de catarsis colectiva. No para denunciar, sino para narrar. Para dejar registro de un momento bisagra en el trabajo digital latinoamericano. Más allá de balances, subsidios, crecimiento o eficiencia, lo ocurrido interpela a líderes, empresas y profesionales: ¿cómo gestionar la innovación sin convertir el aprendizaje humano en un insumo descartable? La respuesta, todavía, está en construcción.
